Por Miguel Ángel Ramos
En el discurso oficial, la seguridad avanza. Las cifras se acomodan en gráficas descendentes, los boletines hablan de estrategias exitosas y los funcionarios presumen resultados como si el miedo pudiera medirse solo en porcentajes. Nada nuevo, siempre se ha hecho así. Pero afuera, en la calle, la percepción cuenta otra historia. Y esa historia quedó revelada el 22 de enero, cuando el Inegi publicó la más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU).
A nivel nacional, casi 64% de la población adulta dijo sentirse insegura en su ciudad. No es un dato menor: significa que dos de cada tres personas caminan, esperan el transporte o regresan a casa con la sensación de estar en riesgo. En el Estado de México, esa percepción no solo persiste, sino que en varios municipios se profundiza, aun cuando los discursos institucionales insisten en hablar de avances.
Toluca, la capital, es quizá el mejor ejemplo de esa contradicción. Mientras desde el gobierno municipal se presume una mejora sostenida en materia de seguridad, comparándose incluso con Suiza y otros países europeos, la ENSU revela que ocho de cada diez toluqueños se sienten inseguros, una proporción mayor a la del año anterior. El contraste es brutal: una ciudad que en el discurso “mejora” y se pone “guapa”, pero que en la experiencia cotidiana se vive con más temor.
El panorama se repite en municipios emblemáticos del oriente y norte del Edoméx. Ecatepec, Chimalhuacán, Tlalnepantla y Naucalpan se mantienen con niveles de percepción de inseguridad que superan ampliamente la media nacional. En Ecatepec, casi nueve de cada diez habitantes consideran inseguro vivir ahí. El municipio, además, no logra salir del top 5 donde la gente se siente más vulnerable a nivel nacional. No es una estadística abstracta: es la normalización del miedo como forma de vida.
La ENSU también revela otra grieta silenciosa: la desconfianza en las autoridades. Menos de una quinta parte de la población cree que el gobierno es capaz de resolver los problemas de inseguridad, y más del 40% de los hogares reportó haber sido víctima de algún delito. En ese contexto, los anuncios de éxito suenan lejanos, casi ajenos.
La percepción no sustituye a la estadística, pero la completa. Es el pulso emocional de una sociedad que evalúa la seguridad no en informes técnicos, sino en trayectos cotidianos, en calles mal iluminadas, en el transporte público y en la sensación de vulnerabilidad constante.
Por suerte las actuales autoridades no se enfrentan a una oposición como lo eran ellos en su momento, para cuestionar y taladrar cada día y en cada momento con estas cifras en las redes sociales.
En fin, el punto es que el Estado de México no enfrenta solo un problema de incidencia delictiva, sino de credibilidad y experiencia urbana. Porque mientras los gobiernos presumen resultados, la ENSU deja claro algo incómodo: la seguridad no se decreta, se siente. Y hoy, en gran parte del Edoméx, ese sentimiento sigue marcado por el miedo. Un miedo que puede reflejarse en las urnas. Al tiempo.
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